La otra noche, en casa y en el transcurso de una bien conversada velada entre amigos, saltó el comentario.... “Es que cuando asfaltaron la calle de las Cañas, por primera vez, no veas los ‘pellejazos’ que pegaban los burros”. Desde luego, animalicos, es difícil imaginarse la estampa en una época –la actual- en la que los burros no están ya en las calles (....). Yo ya, de pequeño, veía muy poquitos y me tuve que conformar con el ‘burrito blanco’ que te regalaban en ‘El Telar’.
Aquellos lejanos tiempos quedan ajenos para la generación actual, pero están aún calientes en la memoria popular y nos guste o no nos guste fueron los que imprimieron carácter y manera de ser a esta ciudad, entonces pueblo.
A mi lo que me gustaba es que los ‘antiguos’ se refiriesen a su animales como ‘las bestias’. Pero eso no implicaba, ni muchísimo menos, un trato cruel, impersonal o de poder sobre mulos o burros. Las ‘bestias’ eran como de la familia. De hecho, en casa de mi abuelo –como en tantas otras-, cuando él regresaba cada noche andando, desde más allá del Candelón, cruzaba el pasillo de la vivienda con el burro detrás. Al animal no le faltaba más que dar las buenas noches. La cuadra estaba al final de la casa, atravesando la cocina. También había pollos y no sé que más.
Pero era lo normal en aquellas casas, en aquellas vidas pendientes de un campo que daba cañas como postes de altas, tomates gordos y sanos como pelotas y papas como pedruscos.
El animal no se espantaba ni se alteraba por la presencia humana. Y el hombre convivía con las bestias sin las prevenciones que hoy se tienen y que han terminado por hacernos inservibles frente a la bacteria más inofensiva.
Yo siempre me acuerdo de la famosa anécdota que contaba Paco Pérez en su libro (creo que era él), cuando refería la sartená de migas en la que cada uno metía cuchara por su ‘roal’, hasta que llegó el cerdo de la casa y hocicó directamente sobre la sartén. Todos siguieron comiendo como si nada, menos un invitado que protestó... “¡Déjalo tranquilo, no ves que está comiendo por su lao!”, dijo el dueño de la casa.
En fin.
Esto también me recuerda a mi amigo Juande (no se si leerá esto). En su casa consiguieron medio amaestrar ¡Un pavo! que además jugaba al escondite en el pasillo y se hacía el muerto. Imaginaos el bicharraco en semejante tesitura. Qué espanto.
Pero los burros, los mulos, los asnos, los borricos... Eran (digo eran porque ya ni se ven) seres especiales. Siempre obedientes, sumisos, sufridos y eternamente melancólicos. Siempre agradecidos a una caricia y comprensivos cada vez que se les atizaba con la vara. Son el animal que encarna la modestia y la humildad.
El de mi abuelo cayó a una acequia y murió. El hecho fue terrible para toda la familia. Todos imaginaron su sufrimiento. ¡Animalico!.
Pero no quiero terminar con este triste recuerdo... Os contaré una peripecia. Mi amigo y compañero de trabajo Miguel Angel, fue una vez a lavar su coche a cubazos, en el canal de la cota 100. Al tanto de las veces, el cubo salió sin agua y con la cabeza de un caballo dentro. Nunca me he reído tanto al escuchar la descripción del momento de terror, relatado por el mismo ‘afectado’.