lunes 23 de noviembre de 2009

Una pequeña meta


Una foto curiosilla. La calle Séijas Lozano, con coches aparcados, una noche de Navidad del año 91. La calle estaba muy guapa con la iluminación navideña, iluminación que ya estamos viendo sobrevolar nuestras calles, aunque de tipología bien distinta y construida a base de microlámparas, leds, etc... Estamos, como se suele decir, a 'pique de un repique' y vamos derechos a una Navidad que, mire usted por donde, vamos a recibir todos con un cierto recelo; con desconfianza y hasta con el temor lógico al gasto en plena recesión económica.
Ya lo decía hace dos o tres artículos. La cruda realidad nos pone en nuestro sitio. Somos lo que tenemos y no lo que creíamos tener. Los días de vino y rosas son ahora de aguardiente del malo y claveles sin olor.
Pero todo esto, claro está, es si miramos y enfocamos nuestra próxima Navidad como un periodo marcado por el consumo, el compromiso y el chocheo social.
Si, por contra, la contemplamos como una sucesión de pequeños momentos; de emociones pequeñas que se van sumando, de pequeñas ilusiones y alegrías pequeñas... Puede ser que recuperemos esa expectación, ese resquemor feliz que de niños nos corroía cuando faltaban pocos días para la Navidad.
Plantearos, para esas jornadas, pequeñas metas que podáis alcanzar. Ninguna de ellas, por supuesto, basadas en centros comerciales ni engorrosas copas y falsas sonrisas.
Es tan fácil que os sorpenderá cuanta magia esconde vuestra particular Navidad.
Y mira que os estoy advirtiendo con tiempo.

lunes 16 de noviembre de 2009

Mi burrito



La otra noche, en casa y en el transcurso de una bien conversada velada entre amigos, saltó el comentario.... “Es que cuando asfaltaron la calle de las Cañas, por primera vez, no veas los ‘pellejazos’ que pegaban los burros”. Desde luego, animalicos, es difícil imaginarse la estampa en una época –la actual- en la que los burros no están ya en las calles (....). Yo ya, de pequeño, veía muy poquitos y me tuve que conformar con el ‘burrito blanco’ que te regalaban en ‘El Telar’.


Aquellos lejanos tiempos quedan ajenos para la generación actual, pero están aún calientes en la memoria popular y nos guste o no nos guste fueron los que imprimieron carácter y manera de ser a esta ciudad, entonces pueblo.

A mi lo que me gustaba es que los ‘antiguos’ se refiriesen a su animales como ‘las bestias’. Pero eso no implicaba, ni muchísimo menos, un trato cruel, impersonal o de poder sobre mulos o burros. Las ‘bestias’ eran como de la familia. De hecho, en casa de mi abuelo –como en tantas otras-, cuando él regresaba cada noche andando, desde más allá del Candelón, cruzaba el pasillo de la vivienda con el burro detrás. Al animal no le faltaba más que dar las buenas noches. La cuadra estaba al final de la casa, atravesando la cocina. También había pollos y no sé que más.

Pero era lo normal en aquellas casas, en aquellas vidas pendientes de un campo que daba cañas como postes de altas, tomates gordos y sanos como pelotas y papas como pedruscos.

El animal no se espantaba ni se alteraba por la presencia humana. Y el hombre convivía con las bestias sin las prevenciones que hoy se tienen y que han terminado por hacernos inservibles frente a la bacteria más inofensiva.

Yo siempre me acuerdo de la famosa anécdota que contaba Paco Pérez en su libro (creo que era él), cuando refería la sartená de migas en la que cada uno metía cuchara por su ‘roal’, hasta que llegó el cerdo de la casa y hocicó directamente sobre la sartén. Todos siguieron comiendo como si nada, menos un invitado que protestó... “¡Déjalo tranquilo, no ves que está comiendo por su lao!”, dijo el dueño de la casa.

En fin.

Esto también me recuerda a mi amigo Juande (no se si leerá esto). En su casa consiguieron medio amaestrar ¡Un pavo! que además jugaba al escondite en el pasillo y se hacía el muerto. Imaginaos el bicharraco en semejante tesitura. Qué espanto.

Pero los burros, los mulos, los asnos, los borricos... Eran (digo eran porque ya ni se ven) seres especiales. Siempre obedientes, sumisos, sufridos y eternamente melancólicos. Siempre agradecidos a una caricia y comprensivos cada vez que se les atizaba con la vara. Son el animal que encarna la modestia y la humildad.

El de mi abuelo cayó a una acequia y murió. El hecho fue terrible para toda la familia. Todos imaginaron su sufrimiento. ¡Animalico!.

Pero no quiero terminar con este triste recuerdo... Os contaré una peripecia. Mi amigo y compañero de trabajo Miguel Angel, fue una vez a lavar su coche a cubazos, en el canal de la cota 100. Al tanto de las veces, el cubo salió sin agua y con la cabeza de un caballo dentro. Nunca me he reído tanto al escuchar la descripción del momento de terror, relatado por el mismo ‘afectado’.

lunes 9 de noviembre de 2009

Tengo suerte de no llegar a fin de mes

Después de veintitantos años trabajando como un energúmeno en la hostelería -casi la mayor parte de este tiempo en las islas Baleares- a José no le queda más opción que quedarse en un paro forzoso que, cada mañana, le recuerda que aún tiene que pagar una espléndida hipoteca. La de la casa que se ha hecho en su pueblo, modestamente, con un dinerillo ahorrado durante años de estar privado de todo en el quinto pino. La crisis le ha vuelto a colocar donde estaba hace veintitantos años. Partiendo de cero. Pero él ha tenido suerte y ha recalado en una empresa de la zona, dentro de las labores de transporte relacionadas con el sector hortícola. Ahora respira hondo cada noche, cuando sabe que podrá pagar las letras que garantizan el bienestar de su familia. El mejor premio para un hombre honesto.
Por contra, el caso de Chemi es sangrante. Durante ocho largos años fue empresaria-dueña y única trabajadora de una tienda especializada de alimentación. En menos de nueve meses se vino abajo el negocio y, en menos de tres, el exiguo beneficio mensual que se traducía en un sueldo normal se ha convertido en una deuda capaz de quitarle el sueño de por vida. Hace unas semanas, me sorprendió preguntándome ¿donde la podrían colocar?. Preguntó como si nada, como si por casualidad. Escondiendo un interrogante terrible, el de su propio futuro. Pero también el destino se ha cruzado favorable y Chemi trabaja, desde la pasada semana. Un trabajo normal, pero que le garantiza nómina, sueldo y dignidad. Está radiante.
Sin embargo, mi amigo Fabián no brinda aún con cava, sino con vino amargo. Este verano le pregunté -ingénuo- ¿Porqué no me constestas los e-mails?... ¡Te he mandado un montón...!. Me dijo, sin más, que se había dado de baja y había quitado internet... ¡Tengo que reducir gastos!... Y... Oye... ¿No sabrás de nadie que necesite.....?. Fabián sigue parado. Más parado que un poste y ya no sabe qué más dar de baja. De boda ni hablar....
Y ya que hablamos de correo, de emails... Cada dos por tres hay algún amigo o amiga que pide ayuda, que pide consejo... Que necesita trabajo. Antes daban un rodeo, ahora te lo piden directamente. Y, puedo aseguraros, que no hay nada más angustioso que no tener en tu mano el resorte que pudiera ayudar a solucionar tantas vidas como andan ahora completamente dislocadas. Siempre puedes hablar con algún empresario conocido, con un jefe... Siempre intentamos hacer algo todos -seguro que todos lo habéis hecho en más de un momento- Pero nada nos quita la horrible sensación de no tener más poder que el de costearnos nuestro propio salario.
Hace muy poco le mostré a mi hijo una carta de vinos en la que una botella se servía al módico precio de 800 euros (las hay mucho más caras, claro). En una reunión de cuatro... A copa por cabeza y punto. Entonces recordé como hace un par de años, tan solo, en el mismo lugar hubo quienes hacian correr las botellas como si de agua mineral se tratase. Como invitaban, como las utilizaban para hacerse notar y hacer notar que el ladrillo les había investido de poder terrenal, oro en los ojos y una jodida prepotencia que solo la crisis -algo bueno ha hecho la crisis- les ha bajado a la altura de los cataplines.
Yo no quiero reyes este año. En serio. No tengo ganas ni la más mínima ilusión. Como todos los españoles de a pie, llego tan justo a fin de mes que el día menos pensado lo mandaré todo a freir puñetas... Pero, encima, tengo que dar gracias porque puedo llegar justo.
Pero así está el patio. Eso es lo que hay y lo que nos merecemos por haber sido -durante años- mendigos vestidos de reyes. Y todavía peor, lo que nos merecemos por permitir que una élite política absolutamente despiadada e indiferente a todo dolor y necesidad de sus semejantes continuen engordando su circulo de elegidos con sueldos de 3.000 euros al mes.
Este año olvidaros de 'La Jijonenca'... Si queréis turrón hay uno de marca 'la pava' que sabe igual y encima te regalan una degustación de polvorones.


--PD. Los nombres que cito no son reales. Las situaciones sí.