El pasado viernes, durante el recital de Edita Gruberova, en el increíble marco del palacio de Carlos V de Granada tuve ocasión de comprobar algo que me dejó atónito: El enorme interés que un evento como el festival internacional de música y danza de Granada despierta en todo el país. Y digo país, porque entre los mil y pico espectadores había gente llegada, ex profeso, desde todas las provincias de España.
Para gozo interior, asistieron no pocos motrileños y todos nos dejamos llevar llevar por un tipo de música tan aparentemente (solo aparentemente) ‘minoritaria’ y ajena a la comprensión cultural de la mayoría de los mortales. Allí, bajo la bóveda cuajada de estrellas del cielo de la Alambra, y con la columnata del palacio iluminada débilmente con luces azules y malvas, Gruberova transportó al auditorio y como por arte de magia, a regiones remotas de la Europa perdida; a instantes históricos desconocidos... A evocadores encuentros. A un canto sin igual recreando la noche. Un exitazo... Ni una voz de fondo, ni un aplauso a destiempo... Una bocanada exquisita de arte, cultura y saber estar. De lujo.
Una preciosa excusa para recorrer los bosques del recinto nazarí. De tomar una copa mientras a tus pies se extiende –iluminada- Granada.
Bueno.... Frente a esto uno tiene que contentarse, con estos lares, con ‘Pepito y sus mariachis’ (por decir algo) como oferta cultural para el verano; algun grupillo en decadencia para la feria.... Y poco más. Sin mayores comentarios pues, sin ya tener ni ánimo, uno puede soltar una burrada.
Aquí andamos todavía con el debate del botellón. De los meaeros. Del chunda-chunda. No nos quedan ni semanas verdes, ni festivales playeros (que al menos algo traían), ni siquiera un simple pasacalles.... ¡Organizad aunque sea un certamen de zambombas, joder!. ¡Así no podréis poner la excusa de la crisis!.